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SABIDURÍA DE MAMÁ (Parte I)

 Nuestra madre era una excelente matemática, pese a que a duras penas sabía leer, “Cuando lleguemos a casa, arreglamos cuentas”, nos decía después de una pataleta, que solíamos hacerle en público.


Nos enseñó lógica, pues cuando le preguntábamos: “Mamá, ¿qué hay para comer?”, ella nos respondía: “¡Comida!”. Nos enseñó economía, pues cuando nos veía llorando nos decía: “Guarden esas lágrimas para cuando me muera”. Nos enseñó a tener cuidados odontológicos, pues cuando le respondíamos mal a sus preguntas nos gritaba: “¡Me vuelves a responder así, y te saco los dientes!”. Nos enseñó a tener identidad, pues cuando se enojaba nos llamaba por el nombre completo. Nos enseñó a ubicarnos, pues cuando la locura juvenil nos hacía ver el mundo pequeño, nos decía: “En mi casa mando yo; cuando tengas la tuya allí mandarás tú”.

Además, nuestra madre era una excelente filósofa: “Claro, como tienen una sirvienta”, nos decía cuando no le encontrábamos sentido a los oficios. Y una excelente meteoróloga, pues cuando iba a llover nos gritaba: ¡Entren la ropa!; o cuando hacía sol, nos lanzaba el grito inverso: ¡Saquen la ropa! Y era una excelente líder y organizadora cuando gritaba: ¡A comer! ¡A dormir!, sin inmutarse, porque tantas veces nadie le hizo caso.

Cómo hacía esa mujer: ¡Era una maga! Se levantaba primero, antes de que amaneciera. Permanecía todo el día haciendo y deshaciendo. Que el aseo, que la comida, que, lavando ropa, que peinando a los pequeños, que, frunciendo los vestidos, que cuidando de los animales, que arreglando aquí, que corriendo allá, que atendiendo a las visitas, que preocupándose por los grandes, que cuidando que fuéramos pulcros a la escuela, que por el refresco para mi padre cuando llegaba agitado del trabajo… Y era la última que se acostaba porque revisaba que las luces quedaran apagadas, que nosotros estuviéramos dormidos, que no tuviéramos fiebre, que nos arropáramos, que el perro durmiera en su sitio. Y cuando por cualquier necedad no podíamos dormir, venía a nuestra cama, ponía sobre nosotros sus manos milagrosas, y no volvía a su cuarto hasta no vernos tranquilos y dormidos

Y no recuerdo que emitiera una queja. Ni un solo reniegue. Ni siquiera un reclamo por el sitio que ocupaba en la casa. Ni siquiera cuando los años y los partos hicieron mella en su físico. Siempre tuvo una sonrisa para los mimos, incluso cuando el polvo del tiempo cambió su cabellera en ondulados hilos blancos. ¿Cómo hizo para llevar sobre sus hombros nuestros sufrimientos y nuestras alegrías? ¡Era fantástica! ¡Valiente! A pesar de ser frágil, de tener esos dedos delgados y largos y esos huesos finos, resistía como el acero, flotaba como el algodón, volaba como los pájaros.

Y así son todas las madres. Las viejas y las jóvenes. Es su naturaleza. Sólo pueden serlo esas mujeres que son las esposas, las trabajadoras, las maestras. Las que son modelo, vendedoras, abogadas, doctoras, las secretarias. Las mujeres blancas, las negras, las indias, las mestizas. El ser más maravilloso de la creación, lleva en su vientre la fábrica de la vida. Las que cuidan de los hijos en el solo oficio de permanecer en la casa, sin pedir nada a cambio. Sin recibir un salario. Tan solo por la satisfacción de ver cómo crecen los hijos iluminados con su sonrisa.



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