Del latín “benevolentia”. A su vez de: “bene” (bien) más “volo” (querer, desear). Benevolencia etimológicamente es desear el bien para alguien.
Querer
el bien, tener buena voluntad hacia las personas, y esperar que le suceda ese
bien. “Esta voluntad o apetito de
hacer el bien –dice Espinosa–,
que surge de que nos compadecemos de la cosa a la que queremos hacer un
beneficio, se llama benevolencia, la cual no es sino el deseo surgido de la
compasión”, (Ética).
De la voluntad. Es un hecho que en esta vida (a menos que sea
usted alguien muy especial) tanto el dinero, como el tiempo y la energía son
recursos escasos. De forma tal que cualquiera que desee mostrarse benevolente
tiene que sacrificar algo. Dar algo de dinero (que no nos sobra), obsequiar
parte de nuestro tiempo (que no nos alcanza para todo lo que tenemos que o
deseamos hacer), o utilizar nuestra energía (que desearíamos enfocar en algo
preciado para nosotros), involucra necesariamente un sacrificio personal. Y
esto para entregar a un desconocido, ya que entregar lo anterior a un familiar
o amigo, más que benevolencia sería algo más natural como aprecio, abnegación o
incluso responsabilidad.
El gran filósofo
griego Aristóteles en su obra “Moral a Nicómaco” nos enseña que la benevolencia
si bien es similar al sentimiento que acompaña a la amistad, es mucho más
amplio, pues se aplica también a las relaciones con desconocidos. Sin embargo,
si la benevolencia perdura en el tiempo puede transformarse en amistad
desinteresada. Tampoco se debe confundir con el amor, pues no se trata de una
pasión ni de un deseo. No necesariamente surge de un hábito, sino que puede ser
ocasional. La benevolencia se caracteriza por no desear nada a cambio del acto
generoso que se realiza, o sea no se debe pretender obtener ninguna ventaja
para uno mismo.



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