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LA SOCIEDAD DE LA MENTIRA

 

A veces, para que caigamos por el agujero de la mentira no hace falta que nadie nos empuje. Basta con que nos autocensuremos o con que el ambiente esté lleno de ruido y mentiras. 

Cuando todos hablan, nadie puede escuchar. De tanto ruido, se ahoga la verdad. Vivimos en una sociedad que ha pulido los métodos y las tecnologías de propaganda del nazismo y que se cree más libre que nunca, cuando en realidad está tremendamente sometida. Hoy la mentira reina sin pudor. Esta es nuestra sociedad. La sociedad de la mentira.

Filosofía y verdad

No es un fenómeno local, ni tampoco casual. La mentira está diseñada estratégicamente como un mecanismo consciente y voluntario de engaño. En líneas generales, esta es la característica de los grandes medios de comunicación masivos. Prensa, radio y televisión, principalmente. Y, a raíz de la emergencia de las redes sociales —cuya primera y más básica expresión son los correos electrónicos—, también es la característica de los diferentes canales en la web.
Una cosa es una equivocación involuntaria y personal; otra muy distinta es hacer de la mentira un objeto de trabajo planeado, diseñado, controlado al milímetro. En la historia más reciente de la humanidad, la expresión más acabada de una mentira diseñada estratégicamente es el nazismo y el fascismo. Contra todas las apariencias, vivimos, aquí y allá, bajo regímenes nazis y fascistas après la lettre.
Orígenes recientes de la mentira como arma política
Los dos ministerios más importantes del régimen de Hitler fueron el Ministerio de Ciencia,
Educación y Cultura (dirigido por Bernhardt Rust) y el Ministerio Imperial para La Ilustración Pública y la Propaganda (dirigido por Paul Joseph Goebbels). De lejos, mucho más importantes que los ministerios de guerra o de finanzas. Y muy por encima de las fuerzas de seguridad (las famosas SS) del sistema nazi. Vale la pena leer dos veces los nombres de ambos ministerios.
El fascismo y el nazismo, no hay que olvidarlo, fueron movimientos de masas. Su gran fortaleza fueron las clases medias. Y el medio en el que emergieron y se sostuvieron fue el de la opinión. El nazismo y el fascismo son regímenes sociales, políticos y culturales que sostienen ampliamente la importancia de la opinión, es decir, los lugares comunes.
Hitler mismo, como también Mussolini, eran fantásticos oradores. La retórica floreció en el nazismo y el fascismo y fue ella la que los sostuvo. Gracias, originalmente, al megáfono; luego a los micrófonos, y, finalmente, a la radio y los medios de comunicación masivos. Las masas se sentían verdaderamente atraídas por la facilidad que tenían Hitler y los suyos para la palabra. Técnicamente, todo ello se llama hoy por hoy marketing político. Esto no alude únicamente al estudio, sino —y mejor aún— también a la producción de mensajes de amplio calado social perfectamente producidos.
En las facultades de comunicación social se enseña que las noticias son producidas, posproducidas, editadas (y casi siempre de manera velada) y sometidas a censura (ya sea abierta y explícita o tácita y velada). En numerosas ocasiones, los propios comunicadores sociales implementan, con diferentes argumentos, adicionalmente, la autocensura (habitualmente para conservar su trabajo).
Se les enseña generalmente a los comunicadores que los hechos no existen. Una noticia se construye, ya sea en forma de fotografía, o de crónica, o de entrevista, o de crítica y demás.
Las fronteras entre periodismo, comunicación y propaganda son móviles y difusas, según parece. Goebbels implementó lo que ha llegado a conocerse como los once principios de la propaganda. Estos once principios se refuerzan recíproca y necesariamente. Una mirada desprevenida pone en evidencia, en verdad, mucha inteligencia y sagacidad.
Los principios pueden condensarse en uno solo: una mentira repetida muchas veces termina por convertirse en una verdad. Para ello se requiere la orquestación de los medios de comunicación masivos y de los principales periodistas y voceros de la opinión pública. En otro contexto, un autor destacado, Marshall McLuhan, lo pone en evidencia con otras luces: lo importante no es tanto el mensaje que se transmite, sino quién y cómo se transmite.
Como dice McLuhan en su libro El medio es el masaje, el medio es el principal mensaje. Esto vale en general para el mundo actual, incluido el mundo académico y científico, por ejemplo. Lo importante no es lo dicho, sino la fuente de quien lo dice. En esto exactamente consiste entender la lógica de los medios de comunicación de masas. 
En el mundo académico, por ejemplo, siempre una información va precedida o inmediatamente acompañada por algo como: «… profesor de tal». Después se nombra una prestigiosa universidad, para terminar con un «publicado en cual» y se nombra una prestigiosa revista científica.
En eso consiste la opinión: en el peso de la autoridad sobre el criterio y la reflexión. Se olvida así que todo dato implica un relato; es decir, un ejercicio de reflexión, de interpretación de crítica, de estudio. Al fascismo como sistema político y cultural le es concomitante el positivismo. El positivismo jurídico, el positivismo científico o el positivismo metodológico, por ejemplo.
LA MENTIRA COMO ARMA POLÍTICA, EN UN SENTIDO AMPLIO (PERO FUERTE)
La perversidad de la mentira no es que ella suceda en el mundo, sino su carácter diseñado, ingenierado, en fin, estratégicamente planificado. Ya Nietzsche llamó la atención al respecto en Verdad y mentira en sentido extramoral. En pocas palabras, hablamos del engaño premeditado a la sociedad y de la deformación acomodaticia de la realidad y de los hechos.
La gente ya no sabe qué es verdad y qué no, qué sucede verdaderamente y qué no. «La gente» hace referencia a todos aquellos que son, literalmente, consumidores de información. Información que proviene de la industria de la cultura y del entretenimiento (al interior de la cual entran, hoy en día, los medios de comunicación de masas). 









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