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ENTRE EL TODO Y LA NADA

 

amor es cuando sé que soy todo

sabiduría cuando sé que no soy nada

Este es el limitado espacio en el que nos movemos, por el que deambulamos con mayor o menor fortuna durante un puñado de años. La nada, de la que provenimos (creación divina) y a la que estamos abocados, y el todo con el que rellenamos el tiempo y el espacio para discurrir por esta realidad. De esto ya había hablado Unamuno, cuando contrastaba el absoluto de la posibilidad de la vida eterna con el vacío de la imposibilidad de supervivencia escatológica. Anhelaba la pervivencia de su conciencia individual más allá de los límites físicos marcados por la razón o por la biología. De hecho, toda su obra es un intento de dar consuelo a la depresión implicada en lo que denominaba simas de la existencia. No obstante, hoy todos estamos en una cima existencial.

El todo es la vida, es la existencia que nos ha tocado. Con independencia de haber nacido en alta cuna, en un barrio humilde o de tener algún tipo de enfermedad congénita, nuestra presencia envuelve la totalidad que viene marcada por nuestro microcosmos; como ya habían reconocido los griegos. Nuestra percepción de la realidad, nuestro contacto con el otro y nuestras filias y fobias suponen algo de lo que no podemos desembarazarnos y que nos acompaña siempre, eso que Ortega vino a llamar circunstancia. Por lo menos hasta que llega la nada, la muerte que acecha e iguala a ricos y pobres; mensaje del cristianismo primitivo que puso los pelos de punta a la aristocracia romana.
La tanatofilia implica una aberración antivital, cada momento es una gota de eternidad con el que disfrutamos de algo tan insustituible como la vida. Supongo que hay existencias insufribles, no lo discuto, pero no es mi caso, pues a cada paso es posible disfrutar de algún matiz novedoso, distinto o ajeno que nos enriquece. También se dan insondables dolores y sufrimientos que vienen a juntarse con esa gota de totalidad ya que también implican momentos excepcionales a partir de los cuales se construye la biografía de cada cual. Todo tiene cabida en el crisol de la existencia.
No hay salida. A la completitud de la vida se llega por medio de todos los caminos y atajos, todo vale, pues, al fin y al cabo, lo bueno y lo malo cae en el mismo saco vital. Desde la vía rápida de la felicidad, hasta el camino bacheado de la desgracia. Se construye el absoluto en el que se imbrica la existencia 
particular de cada cual. De esto ya había hablado Nietzsche con gran elegancia y con una prosa cortante y agresiva. Sin embargo, su obra es un canto a la vida y un rechazo a todos los obstáculos que nos impiden el disfrute de nuestro tránsito efímero. El vitalismo del alemán fue tan acusado que su obra fue instrumentalizada por la antivida, por los totalitarismos de todo signo que buscan el control de la existencia por medio de la biopolítica.
Después de esto no hay nada, o al menos nadie ha vuelto para contarnos qué es lo que sucede. Antes de esto tampoco hay nada, o al menos nadie recuerda ese origen prístino. Solo tenemos este intermedio del que no cabe sino disfrutar en todas sus dimensiones: desde la belleza hasta la fealdad más absoluta y rutilante. Todas las apariencias tienen cabida en las vidas que vienen sucediéndose generación a generación. En el cajón de sastre de la realidad humana tienen espacio todas las facetas de este complejo prisma en el que nos encontramos.
La vida se gana en un suspiro y se pierde en un instante. Con una bocanada de aire comienza el funcionamiento vital y con una expiración se fulminan las realidades particulares. Esta fina línea demarca el ser del no-ser, el todo y la nada entre los que perduramos en un intento biológico por sobrevivir. La biología explica este impulso, nos ofrece la pulsión básica que nos aferra a lo que tenemos: la única perspectiva válida y absoluta conformada por nuestro punto de vista individual
El conatus de Spinoza explicaba perfectamente esta posibilidad que acabo de apuntar. Más lejos no sabemos qué podemos encontrar, pues conjeturamos la posibilidad de que el resto sea como nosotros, de que nos parecemos de alguna forma.
El lenguaje edifica los puentes a partir de los cuales conectamos con la alteridad, con el otro que vive encerrado en su absoluto a la espera de la nada que siempre acaba llegando. Establecemos y enredamos una coalición de referencias lingüísticas a partir de las cuales organizamos nuestro recorrido, pero, en el fondo, todos vamos caminando con las anteojeras. Somos el único punto sólido al que aferrarnos, a lo lejos encontramos las referencias ajenas que pueden servir de índice para la construcción de nuestra propia ruta.
Ante el todo y la nada nos encontramos a solas, la vida siempre tiene un carácter íntimo debido a ese fuero interno que nunca sucumbe del todo a la presencia ajena. En los hitos del camino no hay nadie más, ante la muerte y ante la existencia no hay más que un sujeto desvalido que busca abrirse paso en la confusión. Después, intentamos dotar de sentido este sinsentido que, como había anunciado el existencialismo ateo, supone la llegada a este mundo para después dejarlo sin más.
Somos como el vuelo de una mosca, esquirla de Universo… Nietzsche tenía razón: la razón construye monstruos para intentar paliar el vacío implicado en la muerte. 
Nuestro único problema, nuestro único pecado, consiste en creer que somos alguien, o algo, porque en el mismo momento en que nos identificamos con una cosa determinada, automáticamente dejamos de ser todo lo demás. "Ser esto" implica, inexorablemente, "no ser aquello". Y así comienza el inagotable juego de las dualidades, las fronteras, los miedos y los conflictos. La única solución está en trascender nuestra identidad separada y, al descubrirnos como nada, ser uno con todo y con todos. Porque sólo cuando no somos nada en particular, somos realmente todo. Al no ser absolutamente nada, no tenemos nada que nos limite, y, de esta forma, toda la existencia se revela como nuestro propio ser. Como explicaba una mística medieval: "El conocimiento de mi nada, me ha dado el todo". Cuando creíamos ser algo, sólo éramos unos pobres egos aislados, pero al sabernos nada, somos literalmente infinitos. Al ser algo, teníamos una limitada vida temporal, pero al ser nada somos en verdad eternos. En cuanto algo, éramos tan sólo eso, pero en cuanto nada, somos también todo lo demás y por siempre. Podemos decir, así, indistintamente, que somos nada o que somos todo, que el yo no existe o que es uno con todas las cosas, pues ambas expresiones hacen referencia a una misma experiencia no dual, en la que el engañoso algo ha desaparecido por completo.
Afirmaba un sabio de nuestro tiempo: "El amor dice: yo soy todo. La sabiduría dice: yo soy nada. Entre ambos fluye mi vida". Todo el proceso universal no es sino esta corriente entre las dos facetas aparentes del Sí mismo, como base de amor y como cumbre de sabiduría. La identidad de estos polos en el fundamento vacío, o realidad no dual, no es, así, de ningún modo, una nada impotente, sino la fuente misma de todas las cosas, que las crea, constituye y comprende









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