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FILÓSOFOS SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS

 

La pregunta filosófica acerca de la existencia de Dios es una de las más antiguas y recurrentes en la historia de la filosofía. El debate, lejos de estar resuelto, sigue abierto en nuestros días. ¿Qué argumentos se han dado a favor y cuáles en contra? En este artículo, recopilamos las principales respuestas a una de las grandes cuestiones de la humanidad.

Podría parecer que el avance de la técnica y el triunfo de la ciencia hace inútil todo debate sobre la existencia de Dios, pero nada más lejos de la realidad. A pesar de que ahora conocemos el mundo con mayor exactitud, la gran pregunta acerca del sentido de la vida sigue sin resolverse. Dentro de esta pregunta, Dios es una respuesta común. Baste recordar lo dicho por Maimónides, médico, rabino y teólogo judío de origen cordobés, en su célebre Guía de perplejos:

«Una vez comprendidas las materias de la física, ya has penetrado en la mansión y te paseas por el vestíbulo; finalmente, después de haber terminado las Ciencias Físicas y estudiado Metafísica, has comparecido ante el soberano (…) Este último grado es el de los auténticos sabios. Pero aquí también se dan categorías de perfección: aquellos que ocupen su pensamiento solamente en Dios, esos se encuentran en la sede del soberano».

En este artículo, queremos circular el debate sobre la existencia de Dios. (Aunque en el mundo la humanidad no necesita comprobación alguna; sabemos que Dios es todo) Para ello, recuperaremos los principales argumentos a favor de su existencia y los principales en contra. Por mucho que la creencia en Dios sea finalmente una cuestión de fe, el debate sobre su existencia y sus consecuencias es filosófico.

ARGUMENTOS SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS

Uno de los argumentos más antiguos a favor de la existencia de Dios es el que dio Aristóteles. Para Aristóteles, todo lo que es movido es movido por algo (el balón se mueve porque alguien lo golpea). El movimiento de un cuerpo, por tanto, siempre es dado por otro cuerpo anterior que le confiere dicho movimiento. Visto así, el universo entero es una cadena de acción/reacción, de cuerpos que se traspasan el movimiento unos a otros.

Sin embargo, esta cadena de movimiento no puede ser infinita, dice Aristóteles. Como todo es movido por algo, debe haber habido un primer motor inmóvil. En otras palabras, si todo movimiento viene dado por otro cuerpo, el universo necesita de un primer motor que la haya conferido todo el movimiento que hoy vemos. Un motor que sea él mismo inmóvil, que nadie lo haya movido, que sea la primera pieza de toda la cadena de movimientos. Ese primer motor es Dios.

Tomás de Aquino recoge este argumento aristotélico y añade algunos más. El compendio de todas las demostraciones de la existencia de Dios que llevó a cabo Tomás de Aquino en la Suma Teológica se conocen como las Cinco vías. La primera vía —el primer argumento— es el argumento aristotélico del motor inmóvil que acabamos de ver.

Suma teológica mínima, de Tomás de Aquino.

La segunda vía es la de la causa eficiente. Según este argumento, todos los hechos ocurridos en el universo tienen una causa. Por ejemplo, la causa del humo es el fuego y la de los eclipses son los movimientos de los cuerpos celestes. Ocurre que esta cadena de causa-consecuencia no se puede llevar hasta el infinito. Debe haber, dice Tomás de Aquino, una primera causa que sea incausada, una primera ficha de dominó causante de todo nuestro universo. Esa primera causa, dice el filósofo, es Dios.

La tercera vía para demostrar la existencia de Dios es la de lo posible y necesario. Si los anteriores argumentos se centraban en las causas y en el movimiento del universo, esta vía se centra en su carácter contingente. Todo lo que nos rodea podría no haber sido, esto es, todas las cosas tienen un carácter contingente. Sin embargo, debe existir algo necesario en el universo porque si todo fuera contingente, si todo fuera meramente posible, el universo —aunque es— podría no ser, lo que es absurdo. Ese ser necesario que sostiene la existencia del universo es, para Tomás de Aquino, Dios.


La cuarta vía teórica para justificar la existencia de Dios es la de los grados de perfección. Es innegable que en el universo hay cosas más o menos perfectas. Pero para que exista esta posibilidad es necesario un ser que sirva de baremo, un ser que sea lo más perfecto del mundo y que permita ordenar los entes del universo según su perfección (Dios). Al igual que las cosas sólo pueden más o menos rojas porque comparamos con el rojo, los entes sólo pueden ser más o menos perfectos porque existe algo perfecto en sí mismo y con el cual las comparamos.

La quinta vía propuesta por Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios es la del gobierno del mundo. Los seres del universo no actúan al azar, sino que actúan conforme a un fin. El universo no es un mero conglomerado de partículas caóticas, más bien todo lo contrario: el universo es un espacio ordenado, estructurado, que tiene un orden. ¿Cómo podría haberse creado tan complejo y extenso orden sin alguien que lo ordene? ¿Es que el azar podría generar esto? Según Tomás de Aquino, la única opción es que haya un ser que dote al universo de tal finalidad y orden.

Otro de los argumentos más importantes que los filósofos han aportado para la demostración de la existencia de Dios es el famoso argumento ontológico. Su autor fue Anselmo de Canterbury y fue Kant el que lo denominó como «argumento ontológico». Es un argumento poderoso y al que los distintos filósofos han vuelto una y otra vez. San Buenaventura está cerca de su argumentación, mientras que Tomás de Aquino la rechaza. Escoto lo modifica, pero aceptándolo, lo mismo que Descartes y Leibniz. Kant declara su imposibilidad, pero Hegel lo volverá a replantear para formular sus pruebas racionales de la existencia de Dios.

El argumento se resume en lo siguiente: incluso cuando negamos la existencia de Dios sabemos lo que queremos decir. Es decir, hasta las personas ateas tienen en su mente la idea de Dios. ¿A qué refiere esta idea de Dios? Creamos o no en él, estamos de acuerdo en que la idea de Dios se refiere al ser más perfecto posible. Pero el ser más perfecto posible no puede existir solo como idea, porque lo que existe en la realidad es más perfecto de lo que no existe en ella. Por tanto, si tenemos la idea de Dios, del ser más perfecto, tiene que existir necesariamente.



Además de todos los argumentos dichos hasta ahora, hay filósofos (como Kant) que postulan la existencia de Dios desde un plano moral. Para Kant, la existencia o inexistencia de Dios es un laberinto teórico que no se puede resolver —al igual que las preguntas sobre la finitud del mundo y del tiempo, por ejemplo—. Sin embargo, a pesar de que la existencia de Dios no pueda demostrarse teóricamente, sí que se puede postular —dice Kant— desde un plano moral. Dios es necesario para fundamentar el Bien


Sin Dios no tendría sentido el deber ni la obligación moral. ¿Por qué hacer lo correcto si no hay vida después de la muerte? ¿Por qué hacer lo correcto si no hay un Dios que reparta justicia? Para Kant, la obligación del deber moral tambalea sin un Dios que reparta justicia. ¿Cómo puede ser, se preguntaba este filósofo, que un hombre vil y cruel no sea nunca juzgado y viva de maravilla mientras que un pobre campesino bondadoso pase una vida penurias sin ser luego recompensado? Sin Dios no tiene sentido nuestra moral.

Ahora bien, el mal también puede ser usado como argumento en contra de la existencia de Dios. Si Dios existe, ¿por qué hay mal en el mundo? A esta pregunta respondió Agustín de Hipona. Para este pensador, existe el mal porque tenemos libre albedrío. En ningún caso podemos culpar de ese mal a Dios, sino a nuestra libertad y las decisiones que con ella tomamos. Dios podría habernos creado sin esa capacidad de elección, pero estaríamos condenados a vivir una existencia encadenada. La existencia del mal es el coste de la autonomía que Dios nos ha dado, permitiendo que la vida se haga a sí misma.

Múltiples y variados han sido los argumentos a favor de la existencia de Dios. Bien sea desde un ángulo epistemológico, bien sea desde un ángulo moral, a lo largo de la historia distintos pensadores han centrado sus esfuerzos en demostrar la realidad de un ser superior.

Descartes, Dios existe por tres argumentos. En primer lugar, Descartes dice que, si nosotros somos seres imperfectos, pero en nuestro interior tenemos la idea de un ser perfecto, esta idea tiene que haber sido inculcada por alguien. Este alguien es Dios y la idea de perfección es la huella que nos deja por habernos creado. En segundo lugar, Descartes parte de la base de la causa de nuestra existencia como tal, si Dios no nos ha creado, ¿quién lo ha hecho? Para Descartes la respuesta es sencilla, si yo no me he podido crear a mí mismo ya que soy imperfecto y si me hubiera creado yo mismo sería un ser perfecto; si no puedo existir en un tiempo infinito; y mis padres solo son la causa de mis atributos físicos, solo queda Dios como causa de mi existencia. Y por último, Descartes afirma que la misma idea de perfección implica la existencia, argumento inspirado en el argumento de Anselmo de Canterbury.

Con todo ello, y teniendo en cuenta su contexto, Descartes sumó a su demostración su lealtad al catolicismo como forma de asegurarse el poder seguir con sus escritos. Esta lealtad la hizo a raíz de la moral provisional, Descartes formula sus cuatro máximas, y en la primera recalca el sentimiento conservador y religioso y que se basa en; seguir las leyes de su país, seguir la religión de la infancia y hacer caso de las opiniones de las personas más sensatas.                                                                                                                                                                                                                                                                      

Martin Heidegger. A partir de la crítica heideggeriana a la metafísica. En primer lugar, se presenta el carácter derivativo del procedimiento lógico, fundamentalmente causal, para luego mostrar que, según Heidegger, el verdadero fundamento que ha quedado oculto, dando lugar así a la fundamentación óntica, es el Ser mismo que, manifestado como tal, anula el interrogante “¿por qué?”. Desde allí se critica al Ser Supremo, Causa Primera, que la metafísica onto-teo-lógica ha identificado con Dios.

Dios se presenta en su divinidad, según Heidegger, en primer lugar, en la palabra de Hólderlin, donde el ser cuarteto, con su ser divino, apunta hacia ese Dios, que aparece así más allá de tal ser cuarteto

desencadenado el proceso de fundamentación del sujeto, debe aparecer un ente-objeto -recuérdese: solo hay ente- que sea fundamento-causa, por su ser -recuérdese: el ser (esse) es fundamento-causa en cada ente-, del ser de todo ente y de sí mismo como ente (causa suí). Tal ente es el ente supremo, el que "más es" (das Seiendste), el fundamento-causa primera de todo ente. Este ente es, para la metafísica, Dios.

"Esto es la causa (Ursache) como Causa sui. Así suena el nombre adecuado para el Dios en la filosofía. "Así entonces, donde todo lo que se hace presente se presenta en la luz del contexto de causa-efecto Entonces, hasta en la teología misma llega a ser el Dios de los filósofos, esto es, de aquellos que determinan lo desoculto y lo oculto según la causalidad del hacer (des Machens), sin meditar allí jamás la procedencia esencial de esta causalidad"

"Quien ha experimentado la teología, tanto la de la fe cristiana como la de la filosofía, en su plenitud de desarrollo, hoy prefiere callar en el ámbito del pensar de Dios. Pues el carácter onto-teológico de la metafísica ha devenido cuestionable para el pensamiento, no sobre la base de algún ateísmo, sino a partir de la experiencia de un pensar al cual en la onto-teo-logía se le ha mostrado la unidad aún impensada de la esencia de la metafísica" 

Ahora bien, la experiencia religiosa de la que ha hablado Heidegger no es un referirse teorética, objetivante y dominadoramente al objeto neutro "Dios". Dios es Dios con y para el hombre, como lo que desde su "altura", sin embargo, cualifica íntimamente, configura la vida humana en promesa de vida plena.

Hegel dice que es una norma divina, que en todo se halla la voluntad de Dios, que es conducir al hombre a la libertad; por ello es considerado panteísta. Justifica así la desgracia histórica: toda la sangre y el dolor, la pobreza y las guerras son «el precio» necesario a pagar para lograr la libertad de la humanidad.
Hegel dijo que la religión “consiste en el empleo o ejercicio del sentimiento y del pensamiento para formar una idea o representación del Ser Absoluto” y que “Dios es el Espíritu Absoluto, es decir, es el Ser puro que se hace su propio objeto y en esto sólo se contempla a sí mismo, o a quien es, en su otro ser, ...
El Dios de Hegel sí quiere saber del mundo y el mundo, en contra de lo propugnado por la filosofía de la Ilustración, sí quiere saber de Dios. Por algo la religión, para Hegel, es “el saber del espíritu divino acerca de sí mismo por mediación del espíritu finito”.
Algunos filósofos afirman que Dios es el principio incondicionado que explica la existencia de todo. No es, por lo tanto, un concepto al que llegue el pensamiento, sino un postulado del pensar,  o, como diría santo Tomás, un prolegómeno a la fe.
En términos absolutos, Hegel piensa que Dios habla a través de él, en la medida en que él como el más elevado espíritu humano de su época, como Cristo en la suya, explica la realidad de Dios en su verdad manifiesta a la conciencia; dado que Hegel, lo “comprende como realidad total desde el punto de vista de Dios.
Kierkegaard creía que el cristianismo no era una doctrina para enseñar, sino una vida para vivir. Consideró que muchos cristianos que confiaban totalmente en pruebas externas de Dios se estaban perdiendo una verdadera experiencia cristiana, que es precisamente la relación que un individuo puede tener con Dios.
La verdad religiosa –nos dice Kierkegaard– es pasión, porque se trata de la verdad personal e individual, la verdad se siente, se vive, pero no se razona. Dios es la verdad, por ende, solo se accede a él por fe, no por la razón, porque Dios no puede ser conocido, comprendido o demostrado.











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