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«SOLO QUIERO SEGUIR SIENDO ESCRITOR»

SALMAN RUSHDIE


Más de 33 años después de que el ayatolá Jomeini emitiera una fetua contra Salman Rushdie (Bombay, 1947) por considerar que su novela ‘Los versos satánicos’ ofendía al islam, las amenazas de muerte se convirtieron en una cruel realidad. El 22 de agosto de 2022, un hombre lo apuñaló quince veces durante un evento en Chautauqua, en el estado de Nueva York. Rushdie resultó gravemente herido y, aunque sobrevivió́, quedó ciego del ojo derecho y solo puede usar la mano izquierda de manera limitada. El autor, de 77 años, ha procesado la traumática experiencia en el libro ‘Cuchillo‘. La defensa de su atacante, Hadi Matar, pidió́ aplazar el juicio debido a la publicación del libro; sin embargo, Rushdie no les envió́ una copia anticipada: «Es absurdo», afirmó, «en este libro no hay nada que no diría en el banquillo de los testigos».

Usted describe en el libro un ataque a Samuel Beckett en 1939 en Paris. Un proxeneta lo apuñaló fallando por poco de hacerlo en el corazón…Sí, atacado por un proxeneta con él, digamos cómico, nombre de Prudent. Beckett casi muere, igual que yo. Olvidé por completo ese ataque y lo recordé́ sobre todo porque a mí me había ocurrido lo mismo.
Beckett asistió́ más tarde al juicio. Hizo algo que usted ha evitado hasta ahora y habló directamente con el agresor porque quería saber por qué́ lo había apuntalado.
Sí, solo que la respuesta no fue muy esclarecedora. «Yo tampoco lo sé, lo siento», dijo el agresor. Inútil. Beckett no pudo sacar nada de ese encuentro, no obtuvo ninguna revelación. Pensé́ mucho sobre eso y llegué a la conclusión de que tampoco me serviría de nada encontrarme con mi agresor para interrogarlo. Solo me encontraría con un cliché. Pensé́ que sería mejor para mí usar mis habilidades como escritor. Quería, a través de mi imaginación, meterme en su cabeza, en una conversación imaginaria, y ver qué salía de eso
Usted no nombra al atacante por su nombre, sino solo con una A. Una base para su conversación ficticia con él fue una entrevista que dio a la prensa después del ataque. En ella dijo, entre otras cosas, que en el fondo no conocía su libro Los versos satánicos…
Sí, solo había leído dos páginas.
¿Cuál fue su reacción cuando se enteró́ de esto por primera vez?
Él no sabía apenas nada de mí. Quería llevar a cabo esta conversación imaginada en el libro; averiguar, como mínimo, porqué alguien que sabía tan poco sobre mí quería matarme. No tenía antecedentes penales, ni tampoco figuraba en listas de personas potencialmente terroristas. Era un tipo cualquiera. Que alguien pueda pasar de ser nadie a convertirse en asesino es realmente un salto muy grande. El homicidio es un crimen grave. Me inquietaba la pregunta de cómo alguien podía tener la voluntad de cometer un asesinato y, además, sacrificar una gran parte de su propia vida, sin contar la mía. Querer matar a alguien de quien no se sabe prácticamente nada, ¿cómo puede ocurrir algo así́?
Además de usted y el atacante, hay otra protagonista en el libro: su esposa, la poeta y fotógrafa estadounidense Rachel Eliza Griffiths. ¿Era importante para usted que este libro, con sus descripciones de lesiones graves y a menudo difíciles de soportar, también contara esta historia de amor a modo de compensación?
Sí. Al principio, cuando nos conocimos, me golpeé contra una puerta de cristal que no había visto mientras caminaba a su lado. Desde entonces, se lo cuento a todos, una y otra vez: simplemente me dejó impresionado [risas].
«Si hubiera sabido al principio cuán mal me veía, cuán graves eran mis heridas, probablemente no habría tenido la fuerza para seguir adelante»
Después de esa introducción, el lector conoce a su esposa principalmente como una gestora de crisis que no supo durante mucho tiempo si su marido sobreviviría. Se habían casado solo un año antes del ataque. ¿Ha adquirido el voto matrimonial «en las buenas y en las malas» un significado diferente para usted desde entonces?
Sí. Me siento muy afortunado de haber conocido a alguien tan tarde en mi vida con quien he podido construir una relación tan fuerte. Debo decir primero que para dos escritores es fundamentalmente difícil vivir juntos como pareja si no admiran realmente el trabajo del otro. De lo contrario, no funciona. Ella conocía mi obra. Yo, en cambio, no sabía nada sobre su trabajo cuando la conocí. Por supuesto, luego encargué sus libros de poesía. Cuando empecé a leerlos, pensé: «Son extraordinariamente buenos. No solo buenos, son mucho mejor que buenos». Me sentí como un ignorante por no haberme fijado antes en ella. Luego escribió una novela. Eso fue aterrador para ambos. Ella dudó de si pasármela para que la leyera. Y confieso que yo también tenía miedo de leerla. Pero me pareció excepcional y pensé: «Dios mío, realmente no hay nada que esta mujer no pueda hacer». Yo no puedo escribir poesía. Resultó que no solo es una mujer brillante, sino también una persona muy cálida y amable. Qué tipo más afortunado soy, pensé. Y tras el ataque, no creo que hubiera podido soportar todo lo que vino sin ella. Él lo tenía todo bajo control, estaba conmigo, en cada momento de cada día. No se apartó de mi lado.
Fue idea de su esposa documentar muy pronto el proceso de su recuperación con una película.
Sí. Y también fue muy inteligente por su parte impedirme al principio mirarme en el espejo. Esto lo mantuvo durante semanas.
«Querer matar a alguien de quien no se sabe prácticamente nada, ¿cómo puede ocurrir algo así?»
Cuando más tarde —después de que sus heridas más graves sanaron— le mostró fotos de su rostro inicialmente desfigurado, ella le advirtió: esto es realmente hardcore. ¿Qué pensó usted en ese momento?
Si hubiera sabido al principio cuán mal me veía, cuán graves eran mis heridas, probablemente no habría tenido la fuerza para seguir adelante. Mi rostro estaba sujetado con grúas metálicas; ella tuvo que verlo todo el tiempo, yo no. Ella tuvo que soportarlo, sin saber al principio si yo sobreviviría y, cuando estuve fuera de peligro, cuán graves serían las secuelas. Todos los médicos me mentían constantemente: «Oh, hoy se ve mucho mejor». Yo solo quería creerles.
Volviendo al atacante, usted escribe: «No le voy a perdonar. Pero tampoco le voy a negar mi perdón». Él solo es insignificante para usted.
Sí. Así es.
Tras su recuperación, usted y su esposa visitaron el lugar del ataque en Chautauqua. Luego fueron a la cárcel local, donde Matar estaba detenido, y se dejó fotografiar por su esposa delante de la prisión.
Ella tuvo que pedirle que no bailara ni hiciera tonterías. ¿Qué pasaba por su cabeza en ese momento?
La cárcel del condado de Chautauqua es una prisión sencilla, un bloque con una pared alrededor y alambre de espino, nada especialmente impresionante. Pensé: «Él está ahí encerrado, mientras que yo estoy aquí fuera pasando un buen día».
«Esos tiempos horribles, cuando algunas aerolíneas se negaban a llevarme como pasajero, han pasado»
¿Sintió satisfacción?
Sí, la sentí. Pero también alegría por estar vivo. En cualquier caso, mis pies empezaron a bailar sin que yo se lo ordenara [risas].
Desde que el ayatolá Jomeini lanzó una amenaza de muerte contra usted en 1989, ha tenido que vivir con el hecho de que su nombre a menudo aparezca en los titulares. Al principio, también recibió críticas y cierto desdén de círculos tanto políticos como literarios. Algunos decían que se lo había buscado usted mismo. ¿Ha cambiado la percepción pública de su persona desde el ataque?
Sí. Todavía estoy muy conmovido por el grado de simpatía que se me muestra. Esos tiempos horribles —cuando algunas aerolíneas se negaban a llevarme como pasajero— han pasado. Hoy me siento apreciado. Pero, de ahora en adelante, simplemente quiero seguir siendo escritor y vivir mi vida. No sé cuántos años me quedan. Siempre bromeo con amigos de que deberíamos empezar a pensar tranquilamente en cómo celebrar mi centésimo cumpleaños. De hecho, ya hemos empezado a planearlo.
¿Alguna idea ya?






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